El pararrayos gira de celeste a sol rojo por donde ñandúes recorren los añorados años añejos, que no existirían si tú nos faltaras, no habría mañanas, ni niños y niñas, y qué sería de las señas subterráneas del ñachi, ese brebaje de sangre aliñada que nos da la ñaña.
Mi señora tecla, observo tu silueta sobre el tejado, eres mi imagen vocablo, una perdida señal como la jota y la k sacada de la garganta. Debes dejarte el cabello suelto y sabremos, como una culebra que nada río arriba, de dónde sopla el viento y hacia dónde vamos unidos.
Quisieron
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