El pararrayos gira de celeste a sol rojo por donde ñandúes recorren los añorados años añejos, que no existirían si tú nos faltaras, no habría mañanas, ni niños y niñas, y qué sería de las señas subterráneas del ñachi, ese brebaje de sangre aliñada que nos da la ñaña.
Mi señora tecla, observo tu silueta sobre el tejado, eres mi imagen vocablo, una perdida señal como la jota y la k sacada de la garganta. Debes dejarte el cabello suelto y sabremos, como una culebra que nada río arriba, de dónde sopla el viento y hacia dónde vamos unidos.
Quisieron otros sonidos de ti, no soñaron, sonaron. Peña tuvo pena, esa tristeza al escribir. Miró sus manos. Respiró feliz de hallarse fuera de la ciudad por un tiempo, sin embargo, seguiría trabajando, pero está vez, entre las montañas de los Andes.
La acogedora cabaña sobre el tejado marrón, tenía un pararrayos en forma de letra eñe, como si el norte se hubiese adueñado de este y oeste. Sobre el gran arco nasal un dragón en vuelo coronaba la escultura metálica, hasta que el rayo cayó sin aviso quitándole las alas, transformándolo en una incandescente serpiente marina.
Fue el día en que la luz eléctrica se cortó para siempre en todas las ciudades. Los generadores del campo –que regularmente se prenden de noche- se vieron afectados por el magnetismo horas después. Peña seguía escribiendo su preciada obra poética, pero la descarga del rayo lo detuvo en seco luego de presionar la letra ñ.
L.A.





Comentarios recientes
hace 13 horas 7 mins
hace 6 días
hace 3 semanas
hace 1 mes
hace 1 mes
hace 1 mes