Una luz cegadora la envolvió, ¡MIS HIJAS!, alcanzó a gritar, un profundo dolor vino de lo más hondo de su ser, una oleada de fuego y sangre terminó por sepultarla y luego:
Silencio, algunas llamas lamían los maderos que quedaban de su pequeña casa en las afueras de Gaza.
Suenan sirenas de ambulancias, algunos rostros morenos se abren paso entre las llamas y el polvo. Caminan lentos y, de repente, quedan petrificados ante la visión que contemplan, yacían sobre las ruinas los cadáveres de una mujer joven y alrededor de ella cuatro figuritas mutiladas. Un socorrista se adelantó y murmuró “deben ser sus hijas”. Era un hombre duro, fogueado en mil combates, pero ante este horrendo cuadro su voz se quebró, unas lágrimas corrían por su curtida faz, toma en sus manos a la niña más pequeña, hermosa y muy liviana; ella sangraba aún y sus ojos semicerrados mantenían todavía esa curiosidad de los niños por el mundo que los rodea, aunque este fuera el infierno al que había sido condenada.
El socorrista, luchador de muchas batallas, ordenó a sus hombres retirar los cuerpos, una última lágrima resbaló por sus mejillas, sus ojos tomaron un brillo amenazador, pensó en su pequeño, en su familia y en su atormentado pueblo y musitó: “tomare la venganza en mis manos”.
Esto sucedió hace unos días atrás, se publicitó en la prensa, pero ocupando muy poco espacio. Era una noticia muy común y ya no preocupaba mayormente a los lectores. Era tan repetida que la máquina productora de novedades tenía tantas otras cosas que transmitir para aturdir y distraer a la opinión pública.
Son miles los palestinos que han perecido en iguales circunstancias y hoy, en este mismo momento son martirizados ¿y el mundo qué? Es un país tan lejano; es cierto que las Naciones Unidas han declarado su dolor y desean una Palestina que surja de este drama, pero el poder imperial, con su veto, ha negado las posibilidades de un arreglo pacífico. Sería mejor cerrar los ojos y negarse a ver las malas nuevas, pero ¿Y SI MAÑANA NOS TOCA A NOSOTROS?




