1
Calma fue la época en que conocí la sorprendente historia de mi tatarabuelo. Las democracias volvían imperiales a las corporaciones a través de un proceso irreductible. El silencio era reemplazado por una aturdida sonrisa de alivio tras las terribles dictaduras centro y latinoamericanas. Yo había iniciado mis estudios de Literatura en un puerto cercano a la capital, pero al verme imposibilitado de pagarlos por no tener un trabajo remunerado, tuve que trasladarme a la gran metrópolis. Allí encontré mayores oportunidades y pude seguir estudiando. La universidad era más grande, pero el smog y el calor eran insoportables. Nuevos profesores y una malla curricular más amplia equiparaban las cosas. Fue así como conocí al Profesor “Alighieri”, en el ramo electivo dedicado exclusivamente a
Resultaba gracioso que los alumnos lo llamaran así y que él no se molestara por eso, la cuestión de los apodos es casi inevitable. Su nombre verdadero era Manuel Almonacid y sus rasgos eran más bien africanos, llevaba treinta y dos años enseñando lo mismo, la obra que Dante Alighieri llamó “poema sacro” y tituló Comedia.
Luego de las primeras pruebas Almonacid se mostró curioso de mi trabajo, me conoció como estudiante y después como escritor. Constató que yo era el mejor de sus alumnos. Me senté delante de sus ojos, en primera fila, supo que mis citas exactas del libro venían de mi sorprendente memoria y no de otra parte. Durante otra semana le dio por hacernos recitar a todos y cuando fue mi turno pegó sus lentes al papel amarillo seco de las páginas que una a una fue leyendo, seguía verso a verso el canto para confirmar mi exactitud sorprendente y a la vez infalible. Al final de mi segundo examen, me acerqué a su escritorio y le entregué la prueba. Miré sus manos, en ellas estaba la revista literaria de
- Lo supe después -le dije- hasta ese momento sólo había leído Purgatorio de Raúl Zurita, no el Purgatorio de Dante.
Tras una sonrisa que ocultaba otras sensaciones volví a mi asiento. En la universidad adopté la costumbre de quedarme en la sala de clases después de las pruebas en busca de silencio y respeto para mis lecturas, reflexiones, creaciones, concentrado en mis versos permanecía junto a los rezagados.
2
Levanté la cabeza y todos se habían ido, el profesor seguía corrigiendo exámenes con un lápiz rojo en la mano derecha y leyendo absorto. De pronto me observó con expresión aprobatoria y como en el Infierno me interrogó:
“¿Dó van tus miradas?
¿Por qué tu vista se pasea lenta
entre las tristes sombras destrozadas?”.
Yo le sonreí luego de ruborizarme. No tuve respuesta, para mí por entonces las sombras eran los desaparecidos y también mis palabras. Juntó sus papeles y los guardó en un bolso negro. Yo cerré el mío y salimos al patio. El profesor cerró la puerta y dijo:
“Fuimos hablando hasta el lugar primero
que muestra el otro hondón desde la altura,
si más luz allí hubiese, todo entero”.
Me ponía nervioso escucharlo, no sé por qué, yo sólo recitaba estando borracho. El señor Almonacid pasó al kiosco rojo y pidió dos café. Interrumpí el pedido dándole las gracias al tiempo que le explicaba que yo no bebía café pero que si insistía aceptaba un té. Revolvimos el azúcar y cruzamos las áreas verdes, hasta llegar al costado de una cancha de fútbol donde se iniciaba un partido de mujeres. Me sorprendí de ver una compañera de clases con la jineta de capitán; Almonacid la miraba fijamente y ella de pronto nos devolvía la mirada. Caí de inmediato, Almonacid estaba enamorado de la estudiante. Él tenía más de cincuenta años pero no los representaba, sus cabellos de africano seguían negros pese a los años. Ella, seguramente, no superaba los veinticinco.
- Me gusta el fútbol y vengo a menudo -murmuró mientras terminaba su gran vaso de café.
- También me gustan los partidos de fútbol, ver deporte, y sobre todo si juegan mujeres –agregué.
Y mentía. Las mujeres me fascinaban pero el fútbol no. A lo largo de los minutos siguientes sólo vi los muslos de las chicas siguiendo el balón, jamás levanté la vista, salvo para mirar senos y rostros. El resto del tiempo imaginé que las jugadoras eran hormigas que fueron transformadas en humanas para llenar el vacío dejado por gases mortales parecidos a la peste sobre aquel lugar. Fue la primera vez que relacioné imágenes de la vida real con los cantos del libro.
3
Sentir por momentos la compañía del guía me adentraba más en los infiernos. Nunca he querido salvarme y tampoco quiero ir al paraíso. No creo que esas sean causas para ser bueno, correcto y honorable, e intentar hacer el bien. Tampoco temo a los inquisidores. Soy agnóstico y a la vez cristiano, pero creo en Jesucristo como en un gran revolucionario, y creo en tantos otros que jamás conoceremos porque fueron heridos mortalmente luego de una traición en la selva. Pero en Dios jamás creí, hasta el día en que encontré el manuscrito y supe quiénes eran mis ancestros, allí, de improviso, con la boca cerrada suspiró mi lengua: Gracias a Dios. Y la luminosidad se desvaneció a mi lado.
4
- ¡No me importa que ellas no escuchen!, ¡pero tú escucha bien lo que te voy a decir! –abrió la botella de ron y dejó caer un chorro en su boca, sin tocar los labios- ¿Te conté que el hijo de Dante en estado sonámbulo encontró el libro luego de que su padre, el mismísimo Dante Alighieri, lo guiara y le dijera el escondite?
- Sí señor, más de una vez. –Las chicas se rieron.
- Esto es importante, shhh. –Levantó la botella y bebió otro trago de ron añejo. Dibujó una sonrisa en su rostro y exclamó- El señor está en el cielo, puedes llamarme Almonacid –y brusco gritó hacia la cocina- ¡Viiivi!, ¿estará listo el hielo?
- Pero negrito si no han pasado ni cinco minutos.
Y se pegó otro trago de la misma botella y la extendió hacia mí.
- No gracias.
- ¡Bebe!- y comencé con la segunda botella que Almonacid trajo de Cuba.
- Mira huevón, yo soy un huevón más escéptico que la cresta, no creo en reencarnaciones ni en ninguna hueá parecida, solo... en la bella literatura, por sí, en sí. Pero en
- “La verdad es que no hay verdad”, usted lo sabe, lo dijo el poeta.
- La verdadera verdad son los pueblos y su fuerza, los pueblos deben creer en su poder y unidad.
- En mi caso, señor, no sé cuánto sé, póngame a prueba. -Almonacid se puso de pie, y de un salto exclamó:
- ¡Recítanos Purgatorio, entero y ahora! –y alzó la botella y un vaso vacío en ademán alegre.
- Síí, eeeeh.-gritaron todas.
- ¡Tráeme el hielo!, ¡así nomás , está bien!, le echamos agua fría a esta cuestión, ¡inmidiatlyyy! –exclamo el profesor a su mujer.
Y ellas respondieron gritando:
- ¡Sí, inmidiatlyyy!
María, otra compañera de curso, gritó “¡Infierno!” y me convidó de su cerveza. Y el profesor Alighieri riendo exclamó “No, no, no, Purgatorio, Purgatorio, después quién sabe.” Se reía porque todo le gustaba, se sentía un niño mañoso consciente de su ebriedad y del apronte a la mística. Sonaron las copas y el sonido de las aguas de cuerpo en cuerpo. Y así comencé:
“La barca de mi ingenio, por mejores
aguas surcar, sus velas iza ahora
y deja tras de sí mar de dolores;
y cantaré a la tierra purgadora
del alma humana, que hacia el cielo es vía (...)”
María empezó a hacer un tipo de coro, exclamaba extensas “treinta veces, treinta veces”. Vivi, la capitán del equipo, comenzaba a bailar alrededor de Alighieri, él sonreía y bebía extasiado. Estuvimos así varias horas sobre los sillones. Yo imaginaba escenas de poetas en penitencia entre canto y canto. Mi voz se hizo potente, una marejada de olas junto al viento, una presencia de humus mezclados con la sal. Dos horas después de nadar entre desconocidos semidesnudos bailando como pagando penitencias con placer y sufrimiento masoquista, esperando el turno para tomar la palabra y sus secuelas, Dios se nos volvía justo, ante el prohibir de los mortales. De un rincón del cielo un ángel lleno de regocijo apareció incorporado al baile. Mortífero el semblante del profesor Alighieri, sentenció con un gesto iracundo a la capitana, y está corrió para atender a la bebita que ya casi caminaba sola. Fue un cable a tierra coger el vaso de ron con agua fría que me acababa de servir Viviana. Por momentos pensé que ya no me seguían, que ya no iban conmigo volando en la cadencia. Creí que tal vez se habían aburrido, pero escuché la voz de Alighieri repitiendo algunos versos que dijimos antes, cantándolos con un sorprendente timbre y melodías perfectas, como un coro de cachalotes azules venidos de frente. Y reinicié mi oratoria luego de dos largos sorbos de líquido frío y corrosivo, luego del canto XVIII, el profesor comenzó a repetir algunos versos conmigo a la par como a dos voces; el profesor se sabía algunos cantos de Purgatorio también. Su mirada era feliz, y pertelé que me miraba como a un hijo porque ya tenía un sucesor que dejar en
5
No daré más detalles de aquella fiesta. Sólo puedo decir que al día siguiente me sentía un pecador, no sé por qué, ni siquiera debería expresarlo de aquella manera; el hecho es que amanecí desnudo adherido a María, en su casa; sediento y asfixiado, como sin aire. Era mi primera relación sexual después de varios meses estando solo en Santiago y ella era una desconocida para mí, ni siquiera recordaba su apellido, sólo sabía que se llamaba María, que vivía con otras amigas y que, aunque inicialmente no me llamó la atención, antes del amanecer lo único que deseaba era acostarme con ella. Miré el lugar por unos segundos y luego la desperté e hicimos el amor de nuevo, y así en lo sucesivo varias veces más. Como a las seis de la tarde salí de su cama. Ella dormía sin sentido, tomé mi ropa y entré al baño. Luego salí a la calle.
En el autobús resonaron algunos versos de la noche anterior:
“De las sombras me había separado,
en pos de las pisadas de mi guía,
cuando a mi espalda, el dedo levantado (...)”
El autobús se detuvo, miré por la ventana hacia el viejo paradero, y vi que una mujer de ojos claros y tristes miraba las ruedas del autobús que se hallaban debajo de mi cuerpo. Y el bus comenzó su marcha. Me puse de pie y le pedí al chofer que por favor se detuviera, al no obedecerme tuve bajar del vehículo en movimiento, dos cuadras más allá en un barrio desconocido.
Ella estaba mirando el suelo cuando debía mirarme a los ojos, supuse. Ojos negros y tan azules, no era el color, era la intensidad en la mirada que iba cayendo entre un Paraíso y un Infierno.
Llegué hasta ella que seguía en la misma posición mirando el infinito. Me senté a su lado, miré en la misma dirección hacia el suelo y le dije:
- “Lo que allí se murmura ¿qué te importa?”
Ella giró su cabeza lentamente hacia mí con el mentón levantándose. Vi su rostro pleno y me dijo:
- Ese es un verso de
“ Déjales que hablen, y conmigo vente:
se cual cima de torre que ante el viento
no cede, mas resiste firmemente.
Que aquel en quien retoña el pensamiento
del pensamiento, aleja de sí el signo,
que el ardor de uno vuelve al otro lento”.
Asentí con la cabeza y dejé de escuchar los versos de mi abuelo para siempre.





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